La exreportera del diario Libération ha pasado dos años viviendo la vida de una mujer sin estudios universitarios, que tiene que acudier a las oficinas de empleo para encontrar trabajo, y ha descubierto lo que la mayoria ya sabemos, pero que es una verdad no nombrada. Que son lugares donde se palpa la violencia, donde los parados son clientes, y se prima a los oficinistas por número de desempleados colocados.
Los currículos -en los que se recomienda no decir toda la verdad- se leen entre 30 segundos y dos minutos y los que buscan trabajo ya entran diciendo que aceptarán cobrar por debajo del salario mínimo.
"En mi primera visita dije que cogería cualquier trabajo de cualquier cosa y el empleado me dijo: '¡Anda, qué novedad, como todos!'.
En el fondo, el empleador y yo éramos dos desesperanzas frente a frente: ellos saben que no pueden destinar más de ocho minutos por persona por la cantidad de gente que acude y que así es imposible ayudar: les han cambiado su labor social por una meramente estadística, han de camuflar las cifras del paro como sea, cambiando categorías y conceptos; son estadísticas políticas, no listas para ser resueltas y el que espera en el otro lado de la mesa lo intuye; el ambiente dramático es real".
Después se ha estado ganando la vida como limpiadora en Caen, donde el trabaja mal pagado y precario no es solo coto de inmigrantes. Parece un juego de caída libre: los parados están dispuestos a invertir tres horas de transporte (si no tiene coche, más difícil hallar nada) para trabajar (y cobrar, claro) una; a renunciar a las abundantes horas extras...; incluso los empresarios ofrecen comida como salario. Por descontado, los currículos están maquillados porque todo el mundo dice que sabe hacer de todo.
"Es una partida de póquer extraña entre empleador y empleado; hay tanta gente que busca trabajo que se falsean al alza, o a la baja, el dossier laboral"
Y aquí introduce el concepto de "cadena de precariedad": "cada vez más se aceptan bajarse las condiciones laborales; nadie protesta porque ¿quién se atreve a hacer huelga con una situación tan precaria de trabajo?".
Su libro rezuma miedo. Y una revolución social hoy imposible. "La incertidumbre es el gran problema, es un miedo infinito -a si Grecia nos hunde, si el euro aguanta, si EEUU resiste...- y, sobre todo, indefinido -¿hasta cuándo tendré trabajo?; ¿mañana me llamaran de nuevo?? y ese es el peor miedo; mi experiencia como reportera, dice Aubenas, me dice que los que se rebelan son los que están arriba y tiene algo que perder, nunca los de abajo".
La periodista entró a formar parte del 20% de los franceses con empleo precario "cuando en los años 70 apenas eran el 2%", recuerda, limpiando váteres a una media de tres minutos por baño, un hemisferio del mundo laboral que no tiene nada que ver con el otro, el tradicional, "el que permite tener un móvil y parar en la máquina de café; nosotros estábamos en un mundo en el que te recomiendan y, así acaba siendo, que te vuelvas invisible para el otro".
Leído en diario El País pinchen en el enlace para leer el artículo completo.
Su libro rezuma miedo. Y una revolución social hoy imposible. "La incertidumbre es el gran problema, es un miedo infinito -a si Grecia nos hunde, si el euro aguanta, si EEUU resiste...- y, sobre todo, indefinido -¿hasta cuándo tendré trabajo?; ¿mañana me llamaran de nuevo?? y ese es el peor miedo; mi experiencia como reportera, dice Aubenas, me dice que los que se rebelan son los que están arriba y tiene algo que perder, nunca los de abajo".
La periodista entró a formar parte del 20% de los franceses con empleo precario "cuando en los años 70 apenas eran el 2%", recuerda, limpiando váteres a una media de tres minutos por baño, un hemisferio del mundo laboral que no tiene nada que ver con el otro, el tradicional, "el que permite tener un móvil y parar en la máquina de café; nosotros estábamos en un mundo en el que te recomiendan y, así acaba siendo, que te vuelvas invisible para el otro".
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